El mar suele aparecer en las noticias como el lugar donde terminan los residuos, especialmente los plásticos que parecen «desaparecer» de nuestras vidas. Sin embargo, en la costa oeste de Suecia está surgiendo una nueva narrativa, que busca utilizar el océano no como un vertedero, sino como una fábrica natural de biomasa.
La clave de esta iniciativa radica en una macroalga común en aguas frías, el kelp de azúcar (Saccharina latissima). Un proyecto liderado por Axfoundation junto con la Universidad de Lund busca convertir este cultivo marino en un suministro estable para la industria europea, con el objetivo de reemplazar parte de los materiales fósiles que hoy se utilizan en envases, textiles y componentes técnicos. Y no, no se trata de magia, sino de una cadena de valor.
Un plan industrial
Denominada Seaweed Materials Initiative, esta iniciativa tiene un enfoque muy concreto. No se centra en vender algas como alimento, sino en crear estándares y procesos que permitan que el kelp de azúcar sea una materia prima industrial confiable, con calidades definidas y una logística eficiente.
Como señala el equipo del proyecto, “Los materiales biobasados marinos producidos localmente pueden desempeñar un papel importante en la transición hacia flujos de materiales circulares”, una idea que captura el objetivo fundamental. Este proyecto se desarrollará entre 2026 y 2028 y agrupa a toda la cadena de valor, desde cultivadores hasta marcas y empresas que buscan prototipos reales, no solo pruebas de laboratorio.
Entre los socios del proyecto destacan actores de sectores diversos, que van desde la química y materiales hasta la automoción y moda, incluyendo un grupo de referencia donde está presente Inter IKEA. Esta diversidad no es casual, ya que si el material no llega a la industria de manera regular, corre el riesgo de quedarse en una promesa atractiva.
¿Por qué kelp?
El kelp de azúcar (Saccharina latissima) es una de esas especies que ya existen en el ecosistema del Atlántico norte y que, bien gestionadas, pueden cultivarse en el mar sin ocupar tierra agrícola. Su longitud puede atingir hasta 5 metros, y tiende a crecer abundantemente en los meses fríos.
Un aspecto significativo a considerar es que, al cultivarse en el océano, no compite por suelo ni por agua dulce, lo que es especialmente relevante en Europa, donde los espacios agrícolas están bajo presión y el agua se convierte en un tema cada vez más delicado.
En la descripción del proyecto se aclara un punto básico que a veces se confunde: se habla de macroalgas, no de “pastos marinos” (que son plantas con raíces y semillas). Aunque parezca un matiz menor, este detalle impacta en cómo se gestiona el cultivo y se evalúan sus efectos.
Del alga al material
La parte desafiante no radica solamente en el cultivo. La verdadera dificultad surge después, al transformar la biomasa en fracciones útiles y repetibles, con una calidad adecuada para fabricar productos sin inconvenientes. Por eso, este proyecto pone gran énfasis en la estandarización, clasificación y escalado de procesos desde el laboratorio hasta plantas piloto.
El kelp de azúcar puede descomponerse en componentes con múltiples aplicaciones, como alginatos, celulosa, proteínas y minerales. La idea es aprovechar la biomasa en «cascada», extrayendo primero lo de mayor valor y utilizando el resto en aplicaciones como materiales biobasados, fertilizantes, biogás o energía, con el fin de minimizar los residuos.
En el ámbito investigativo, ya se están explorando técnicas para hacer estos procesos más eficientes, incluyendo pretratamientos físicos como campos eléctricos pulsados, que se investigan como alternativas de menor consumo energético frente a ciertos tratamientos térmicos. Sin embargo, esto no implica que sea “la receta” de un único proyecto, sino que muestra hacia dónde evoluciona la tecnología para escalar sin incrementar costos o impactos.
Lo que gana el agua
Una de las razones por las cuales las macroalgas están en el radar climático es que, mientras crecen, capturan dióxido de carbono y también absorben nutrientes como nitrógeno y fósforo. Este último aspecto es crucial en zonas costeras con eutrofización, donde el exceso de nutrientes provoca proliferaciones de algas y problemas de oxígeno.
En la costa oeste de Suecia, investigaciones sobre el cultivo de kelp sugieren que los efectos ambientales negativos podrían ser limitados si se elige adecuadamente el emplazamiento y se gestiona correctamente. El investigador Wouter Visch resumía estos hallazgos al presentar resultados de una granja experimental, indicando que “solo encontramos efectos negativos menores”, subrayando también la captura de nutrientes como un posible beneficio.
No obstante, ni la UE ni los científicos promueven esto como una solución universal. La Comisión Europea advierte que la expansión del cultivo marino no debe alterar el equilibrio de los ecosistemas ni repetir en el océano errores históricos de producción intensiva en tierra. Traducido a la práctica, el lugar y la escala son fundamentales.
Europa quiere más algas
Este movimiento sueco no surge de la nada. La Comisión Europea ya señaló en 2022 que la demanda europea de algas podría incrementar de 270.000 toneladas en 2019 a 8 millones de toneladas en 2030, con un valor estimado de 9.000 millones de euros y el potencial de crear alrededor de 85.000 empleos.
El mismo documento menciona que la razón por la cual proyectos como el sueco miran tanto a la industria local es que Europa es un gran importador y, además, gran parte de su “producción” tradicional proviene de recolección silvestre, mientras que en Asia predomina la acuicultura a gran escala. Esta dependencia externa es precisamente lo que se intenta reducir estableciendo cadenas de valor europeas.
Por lo tanto, el objetivo no es exclusivamente “cultivar algas”. Se busca asegurar un suministro suficiente de biomasa, con calidad controlada, procesos industriales eficientes y un mercado que absorba nuevos materiales sin quedar atrapados en prototipos de feria.
Lo que hay que vigilar
¿Implica esto que en pocos años veremos envases de algas en lugar de plásticos? No tan rápido. La sostenibilidad de un material depende de un ciclo completo, desde el cultivo y transporte hasta el consumo energético del procesamiento y la gestión final del producto. Esto requiere datos, no solo buenas intenciones.
Asimismo, hay que considerar los aspectos de seguridad y calidad. Algunas algas pueden acumular elementos como yodo o ciertos metales dependiendo de la zona y tratamiento, y la industria necesita estándares claros para evitar riesgos y asegurar consistencia. Por esta razón, la estandarización es una prioridad en este proyecto, porque sin ese fundamento no se puede avanzar en la fabricación de manera seria.
Finalmente, persiste el cuello de botella común en la “economía verde”: la normativa y los permisos. En Suecia, investigadores que han estudiado granjas de kelp ya alertaban hace años que la legislación puede ser un obstáculo para el crecimiento, incluso cuando las condiciones naturales son favorables. Este detalle suele determinar si una idea finalmente llega a las estanterías de los supermercados o permanece como un proyecto piloto eterno.
