La parte científica no se ha quedado atrás. Un estudio publicado en la revista AQUA evaluó el rendimiento de Aqualuz en condiciones reales del semiarido brasileño. Los autores comprobaron que exposiciones de entre dos y cuatro horas, con radiación solar moderada, bastaban para eliminar Escherichia coli en muestras de cisterna y que el sistema podía alcanzar reducciones de hasta 1.000 veces en la concentración de la bacteria en un rango de 1,8 a 5,6 horas, según el municipio.
De una idea adolescente a una red de soluciones solares
La creadora de Aqualuz suele resumir el origen del proyecto en un pensamiento sencillo. Si ella entendía de niña cómo funcionaba la desinfección solar, cualquiera podría aprenderlo. De ahí salió su frase de cabecera, «tengo que hacerlo realidad», que la llevó a transformar un trabajo escolar en una tecnología instalada ya en varios estados brasileños.
Con el tiempo fundó la empresa social SDW For All, que desarrolla soluciones de agua y saneamiento para zonas rurales. Además de Aqualuz, el equipo ha diseñado Aquasalina, que aprovecha la luz solar para desalinizar agua; Aquafilter, un sistema de filtración para comunidades de hasta 100 personas; y Aquatorre, pensado para escuelas y lugares sin infraestructura hídrica.
Aquí aparece un matiz clave que la propia inventora repite a menudo. Al principio, todo se apoyaba en artículos científicos y en laboratorio, pero las visitas al terreno le hicieron cambiar de enfoque. Conocer a madres que gastaban buena parte de sus ingresos en agua embotellada para evitar que sus hijos enfermaran le dejó claro que la tecnología solo funciona si se adapta al día a día de quienes la usan.
Comunidades protagonistas y un futuro que mira a otros continentes
Aqualuz no llega como un aparato que se instala y se olvida. El proyecto forma y contrata a técnicos locales que participan en la instalación, el mantenimiento y el seguimiento de los resultados, incluida la reducción de enfermedades transmitidas por el agua. Esa decisión convierte la tecnología en una herramienta compartida y no en algo impuesto desde fuera, y mejora las probabilidades de que se mantenga en el tiempo sin depender de visitas puntuales de equipos externos.
La iniciativa forma parte del programa Green Citizens de UNESCO, que visibiliza soluciones ciudadanas frente a retos como el cambio climático o la escasez de agua. La hoja de ruta pasa por llevar estas tecnologías a más comunidades de América Latina, África y Asia, en especial a regiones rurales donde la combinación de sequía y pobreza hace que cada gota cuente.
No es una solución mágica ni sustituye a las redes de agua potable que muchos gobiernos siguen teniendo pendientes, pero muestra cómo la energía solar, aplicada con criterio y con participación local, puede aliviar en buena medida un problema tan básico como beber sin enfermar. En un contexto de crisis climática, ideas de este tipo apuntan a una transición hídrica más justa y resiliente, empezando por los que históricamente se han quedado al margen.
El reportaje completo y la entrevista con la inventora de Aqualuz han sido publicados en la página oficial de la UNESCO.
