Castilla y León ha pasado en apenas dos décadas de combatir las plagas de topillo campesino (Microtus arvalis), utilizando venenos y fuego, a convertirse en un referente internacional en el control biológico de este roedor, que ha sido protagonista en el campo español de graves episodios agrícolas y sanitarios.
Una revisión científica liderada por el Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC–CSIC, Universidad de Castilla-La Mancha, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha) sintetiza cuarenta años de investigaciones y concluye que la naturaleza —y no los rodenticidas— es la herramienta más eficaz y sostenible para prevenir nuevas crisis.
El topillo campesino colonizó masivamente el valle del Duero desde finales de los años 70, favorecido por la intensificación agrícola, que incluyó la expansión de la alfalfa y otros ‘cultivos verdes’. La concentración parcelaria y el declive de la ganadería extensiva crearon un hábitat idóneo para este herbívoro de ciclo explosivo.
Cada cinco años, aproximadamente, sus poblaciones alcanzan densidades extremas que arrasan cultivos y pueden actuar como vectores de enfermedades como la tularemia.
La crisis agrícola y ambiental del brote de 2006
El punto de inflexión llegó en el brote de 2006-2007, cuando más de 3.000.000 hectáreas resultaron afectadas. La respuesta institucional se basó en el uso masivo de rodenticidas anticoagulantes —como la clorofacinona o la bromadiolona— y la quema de cunetas, rastrojos y márgenes.
Aquel ‘guerra química’ provocó un impacto ambiental sin precedentes: la población de milano real cayó un 42 por ciento en las zonas tratadas, miles de aves granívoras aparecieron muertas y la liebre ibérica prácticamente desapareció de amplias áreas, obligando a suspender su caza.
Al desastre ecológico se sumó la mayor epidemia de tularemia registrada en España. La inhalación de polvo contaminado durante las cosechas —tras la aparición masiva de cadáveres de topillos envenenados— multiplicó los contagios humanos.
Rapaces como aliadas contra la plaga
La magnitud del problema forzó un cambio de paradigma. A partir de 2009, GREFA, el IREC y decenas de ayuntamientos y agricultores impulsaron un programa pionero de control biológico basado en la instalación de cajas nido para rapaces como la lechuza común y el cernícalo vulgar.
En los paisajes agrícolas más simplificados, la falta de lugares de nidificación limita la presencia de estos depredadores naturales del topillo; proporcionarles refugio multiplica su eficacia.
Hoy hay más de 2.400 cajas nido instaladas en 77 municipios. Los estudios demuestran reducciones significativas de topillos en las zonas próximas a los nidos y una recuperación notable de rapaces que habían sufrido intoxicaciones masivas.
Sin embargo, la ciencia ha revelado que la clave no es solo aumentar depredadores, sino actuar sobre el paisaje. Los brotes más intensos se registran en territorios homogéneos, muy deforestados y con abundancia de cultivos permanentes como la alfalfa de secano.
Por el contrario, los paisajes heterogéneos con márgenes vegetales, campos pequeños y presencia de ganadería dificultan las explosiones demográficas del roedor. Un aliado inesperado en esta estrategia es la comadreja, uno de los pocos depredadores capaces de perseguir al topillo dentro de sus galerías. Mantener lindes con vegetación densa favorece su presencia y refuerza el control biológico.
La importancia del paisaje agrícola
Desde 2019, Castilla y León aplica oficialmente un modelo de Gestión Integrada de Plagas (GIP) que prioriza las buenas prácticas agrarias: laboreo para destruir madrigueras, pastoreo de lindes, inundación de alfalfas, diversificación del paisaje y uso excepcional de rodenticidas de menor impacto, como el fosfuro de zinc.
La revisión científica subraya que los brotes son predecibles gracias a patrones climáticos y demográficos bien estudiados. Actuar antes del pico reduce costes y evita daños ambientales innecesarios.
Gestión integrada para prevenir nuevos brotes
El caso castellano y leonés demuestra que incluso los problemas agrícolas más complejos pueden gestionarse sin recurrir a venenos de amplio espectro. La combinación de biodiversidad, ciencia y cooperación social ha permitido construir un sistema más eficaz, seguro y sostenible.
La principal lección, según los autores, es clara: “La lucha contra las plagas no debe plantearse como una guerra contra una especie sino como una gestión inteligente del ecosistema”.
El daño ambiental fue severo, con la disminución de aves rapaces y otros animales silvestres, mientras que los brotes de tularemia aumentaron entre los humanos. En respuesta, los programas de control biológico introdujeron cajas nido para aves rapaces con el fin de reducir la población de topillos.
Actualmente, el manejo integrado de plagas combina la diversificación del paisaje, el apoyo a los depredadores y el uso selectivo de rodenticidas. Los hábitats heterogéneos con pastizales, márgenes de vegetación y pequeños campos limitan los brotes y restauran el equilibrio ecológico en las tierras agrícolas.
