
Archivo – La jugadora española de bádminton Carolina Marín, en los Juegos de París 2024. – Oscar J Barroso / AFP7 / Archivo
MADRID, 26 Mar. (EUROPA PRESS) – «Soy muy competitiva, hasta jugando al parchís con mi abuela. Mi madre me llamaba ‘la McEnroe’ y con razón. Cuando perdía un partido me iba a llorar sola y rompía raquetas de la mala hostia que me entraba. Esa competitividad es lo que me ha llevado a conseguir lo que he conseguido». Estas eran las palabras de Carolina Marín en 2018, dos años después de colgarse la medalla de oro en los Juegos de Río 2016, un logro sin precedentes en su disciplina.
Este jueves, 26 de marzo de 2026, ocho años después y a solo unos días de que arranque el Europeo de Huelva, la onubense se despide de su mayor pasión, con la que ha tocado la gloria al poner fin al ‘imperio’ asiático que dominaba el bádminton, aunque, a su vez, también ha enfrentado una serie de lesiones de gran gravedad.
Marín comenzó su trayectoria en el bádminton a los ocho años, cuando una compañera de colegio la llevó a enamorarse de este deporte, en el que demostró tener un talento especial. Desde niña, ya entrenaba en el Centro Nacional de Madrid, y a los 13 años ganó su primer Campeonato Nacional. Posteriormente, pasó a vivir en la Residencia Joaquín Blume de la capital, donde conoció a Fernando Rivas, su entrenador, quien jugó un papel crucial en su éxito.
Como ella ha reconocido, la competitividad es una cualidad innata, pero su entrenador trabajó en la mejora de sus condiciones. Su triunfo en el Mundial de 2014, a los 21 años — que repitió en 2015 — precipitó una carrera destinada al olimpo. De hecho, pelear por una medalla olímpica no estaba en sus planes, hasta que en 2016 logró el mayor triunfo de su carrera.
Después de seis Juegos Olímpicos, todos ganados por campeonas asiáticas, Carolina Marín rompió todos los esquemas con un estilo de juego tan agresivo como técnico, y con ese grito característico que llegaba a desesperar a sus rivales. En Río 2016 se convirtió en la primera y única medallista de oro olímpica no asiática en bádminton, escribiendo así un capítulo legendario en la historia de este deporte.
En el palmarés de Marín destacan la medalla dorada en Río de Janeiro, tres Mundiales (2014, 2015 y 2018) y siete Europeos (2014, 2016, 2017, 2018, 2021, 2022 y 2024), lo que la convierte en la jugadora más laureada de Europa. Sin embargo, su carácter y su condición de leyenda se deben a una resiliencia que, muchas veces, pareció ser infinita.
La española no pudo defender su corona olímpica en Tokio 2020 tras romperse en 2019 el ligamento cruzado anterior en la rodilla derecha y, un mes antes del inicio de los Juegos en la ciudad nipona, el cruzado en la rodilla izquierda y los dos meniscos. Un varapalo del que sería imposible recuperarse para cualquier persona, pero no para una ‘loba’, como ella misma se refería a sí misma, con el lema ‘Puedo, porque pienso que puedo’.
En un nuevo ejercicio de fortaleza física y mental, Marín logró recuperarse, empeñada en volver a ser la mejor en las pistas, especialmente con París 2024 en el horizonte. Sin forzar, pero sin detenerse, demostró en 2024 que podía ser competitiva al ganar el Europeo justo antes de su desafío olímpico. Además, recibió el Premio Princesa de Asturias del Deporte unos meses antes de viajar a la capital francesa.
En París, parecía destinada a subirse nuevamente al primer cajón del podio, arrasando a sus rivales sin muchas dificultades. Sin embargo, un mal gesto de su rodilla la llevó a sufrir un dolor inmenso, quedando a solo 11 puntos de alcanzar la ansiada final. Esta vez, los gritos de dolor de una deportista leal a la raqueta y el volante intentaron superarse con una rodillera, luchando por conseguir una medalla incluso lesionada.
Carolina Marín veía cómo se escapaba su gran oportunidad para desafiar la lógica y, de cierta manera, lo logró. Demostró ser una deportista única e irrepetible, a la que solo frenó su rodilla dañada, pero que sobre la pista no tuvo, casi nunca, rival, convirtiéndose en la emperatriz de un imperio que, hasta su irrupción, se mantenía en la normalidad, que ella se encargó de quebrar con su estilo de bádminton característico.
La jugadora siempre ha mantenido que su sueño era retirarse en ‘casa’, en el Europeo de 2026, que se disputará del 6 al 12 de abril en el Palacio de los Deportes que lleva su nombre en Huelva. Sin embargo, tras la tercera rotura del ligamento cruzado, Carolina Marín tenía claro que su cuerpo, quizás, había dicho basta.
Finalmente, el deporte español pierde un activo vital y una máquina de competitividad, también pionera en su disciplina, habituada a tocar metal en cada torneo en el que participaba, aunque, a su vez, gana un referente eterno en una disciplina con escasa tradición en España, pero que Carolina Marín ha construido a base de éxito, método y una resiliencia ejemplar.
Pocas personas podrían imaginar que un país entero encendiera la televisión de madrugada en España para ver a una joven conquistar una medalla de oro olímpica; o que, ocho años después de su hazaña, el mundo vería cómo regresaba como la temible jugadora capaz de ganar a cualquiera.
«No sé qué haré cuando me retire, pero tengo claro que quiero seguir ayudando a los que vienen detrás para que consigan lo que yo he conseguido». Carolina Marín se ha asegurado un lugar entre los mejores deportistas españoles de la historia.
