Un reciente estudio ha revelado el papel crucial de cinco especies bacterianas en el proceso de biodegradación de plásticos, específicamente un copolímero llamado PBSeT. Entre ellas, destaca la Pseudomonas pachastrellae, que fue la única capaz de descomponer el polímero en sus componentes químicos básicos: ácido tereftálico, ácido sebácico y butanodiol. Este proceso se asemeja a desmontar un mueble en tornillos y tablas, pero el desafío persiste: ¿qué hacer con cada fragmento resultante?
Una colaboración bacteriana esencial
Lo interesante es que Pseudomonas pachastrellae no puede gestionar sola todos los subproductos. Así, el proceso depende de la colaboración con otras bacterias. Como resumió Foster, “es muy raro que una sola bacteria haga todo el proceso”, ya que abarcar todas las enzimas y rutas metabólicas es una tarea compleja.
Para verificar los resultados, los investigadores midieron el dióxido de carbono producido como señal de mineralización—cuando el carbono del plástico se convierte en CO2. Utilizando trazadores isotópicos, encontraron que la eliminación de cualquiera de las cinco bacterias reducía la mineralización, y que ninguna de las especies aisladas alcanzaba el rendimiento del grupo completo. Esto proporciona un fuerte indicativo de la necesidad de esta colaboración microbiana.
La trampa de la biodegradabilidad
¿Esto significa que una bolsa «bio» desaparece instantáneamente al entrar en contacto con agua salada? La respuesta es no. El mismo estudio subraya que la degradación depende en gran medida de la comunidad microbiana donde el material termina y de la composición química del polímero. De hecho, el consorcio de cinco bacterias no pudo mineralizar otro tipo de plástico, lo que sugiere una especialización significativa.
Esto se alinea con una advertencia de larga data: Naciones Unidas ha indicado que la biodegradación total a menudo requiere condiciones que escasean en el medio marino. Muchos materiales se degradan rápidamente solo en instalaciones de compostaje industrial que alcanzan temperaturas elevadas. En resumen, “biodegradable” no es sinónimo de “apto para desechar” y no debería ser una excusa para su uso indiscriminado.
La Comisión Europea también ha enfatizado la distinción entre plásticos biobasados—que provienen de recursos biológicos—y plásticos biodegradables o compostables, que solo cumplen con estas características bajo ciertas condiciones. En la práctica, muchos de estos plásticos requieren ser recogidos y enviados a plantas específicas para cumplir con lo prometido.
Cambio desde la playa hacia el reciclaje
Aunque no debemos esperar que el mar elimine nuestra basura de forma automática, la buena noticia es que se han podido identificar bacterias específicas y comprender qué clase de cooperación permite completar el proceso hasta la mineralización. En el estudio, junto a Pseudomonas pachastrellae, se identificaron otras bacterias complementarias como Pseudooceanicola nitratireducens y Peribacillus frigoritolerans.
¿Y cómo se puede aplicar este conocimiento fuera del laboratorio? La información obtenida puede ser utilizada para diseñar materiales más realistas y desarrollar sistemas de reciclaje biológico en condiciones controladas, donde se pueden ajustar factores como oxígeno, temperatura y tiempo. Esto también es fundamental para precisar la “vida útil” ambiental de un plástico, que varía considerablemente según el contexto y las condiciones.
Es vital no perder de vista el contexto alarmante: según la OCDE, la producción mundial de plásticos alcanzó los 460 millones de toneladas en 2019 y representa aproximadamente el 3,4% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Por lo tanto, incluso con avances en biotecnología, la jerarquía de residuos continúa siendo la misma: reducir, reutilizar y, como último recurso, reciclar.
El estudio ha sido publicado en Environmental Science & Technology.
