Un descubrimiento único en Villaviciosa ha documentado la última aparición global de un icnogénero casi desaparecido, situando al litoral asturiano en el mapa científico internacional. Se trata de los primeros registros europeos de lagartos del Jurásico, hallados en los acantilados al este de la playa de España. Esta ausencia había intrigado a la comunidad científica durante décadas.
Huellas de 152 millones de años preservadas en arenisca jurásica
Hasta ahora, el registro fósil europeo del Jurásico apenas había proporcionado evidencias claras de pequeños reptiles como los lagartos, debido a la fragilidad de sus huesos y a la dificultad de conservación en el proceso de fosilización.
La investigación, publicada en la revista Ichnos, está firmada por Laura Piñuela, Ángel García-Pérez y José Carlos García-Ramos del Museo del Jurásico de Asturias (MUJA), junto al investigador Lida Xing de la Universidad de Geociencias de China. El hallazgo es significativo: los restos datan del Jurásico Superior, hace aproximadamente 152 millones de años.
Las huellas se conservan como relieves abultados —contramoldes— en la base de un estrato de arenisca. En ambos rastros, las icnitas de manos y pies varían entre tetradáctilas y pentadáctilas, presentan asimetría y muestran un aumento progresivo en la longitud de los dedos. Estas características morfológicas permiten atribuirlas con seguridad a un lagarto.
La clasificación apunta al icnogénero Rhynchosauriodes, ampliamente distribuido en el Pérmico y Triásico, pero extremadamente raro en el Jurásico. De hecho, los ejemplares asturianos representan su última aparición en el registro fósil global conocido hasta ahora.
El rastro T1 consiste en siete huellas —cuatro de manos y tres de pies— que corresponden a un lagarto de unos 50 centímetros de longitud. En contraste, el rastro T2, con seis icnitas, pertenece a un ejemplar más pequeño, de aproximadamente 30 centímetros.
La marca de la cola que revela un movimiento inesperado
Sin embargo, el detalle más revelador no está en el tamaño. En el rastro T1 se encuentra una estructura continua, ancha y recta, con escaso relieve: la marca inequívoca de la cola. Además, la distancia irregular entre manos y pies sugiere un desplazamiento poco convencional.
Para comprender esta anomalía, los investigadores realizaron experimentos no invasivos con dos especies actuales —el lagarto ocelado y el lagarto barbudo— en un centro especializado en Jiangyin, provincia de Jiangsu (China). El comportamiento observado fue esclarecedor: al pasar de inmóviles a iniciar la marcha, especialmente los juveniles, ejecutaban giros bruscos que generaban rastros casi idénticos al fósil asturiano.
La escena original se produjo en un entorno deltaico de fango semiconsolidado, en un mar interior sin mareas y protegido del oleaje por una barrera natural. Ese equilibrio geológico permitió que el rastro quedara sellado y sobreviviera más de 150 millones de años.
Hoy, esos vestigios forman parte de la colección del MUJA y se exhiben en la sala dedicada al Jurásico Asturiano. No son simples marcas en piedra. Son la última firma conocida de un linaje que parecía haber desaparecido mucho antes de lo que ahora sabemos.
Asturias vuelve a hablar en clave jurásica. Y el mundo científico escucha.
Los científicos destacan que este descubrimiento abre la puerta a futuras investigaciones y excavaciones en la zona. Cada nuevo fósil hallado contribuye a completar el complejo puzle de la vida en el Jurásico y a comprender mejor cómo evolucionaron los antepasados de los reptiles que hoy forman parte de la biodiversidad del planeta.
