La ambición de ciertos científicos y empresas contemporáneas ha alcanzado nuevos niveles en su búsqueda por traer de vuelta especies extintas. En este contexto, la empresa Colossal ha dado un paso significativo en el ámbito de la desextinción al intentar restaurar al dodo, un ave que se extinguió en el siglo XVII. Esta iniciativa ha sido objeto de debate no solo en el mundo científico, sino también en círculos de conservación y ética ambiental.
Un nuevo dodo, no el dodo original
Aquí llega el matiz importante. Aunque el marketing hable de “resucitar” al dodo, lo que permitiría esta tecnología no es traer de vuelta exactamente la especie que se extinguió, sino crear un organismo híbrido, un proxy con rasgos de dodo construido a partir de palomas actuales. Varios trabajos en conservación recuerdan que la desextinción genera sustitutos, no copias perfectas, porque los genomas antiguos tienen huecos y errores inevitables y porque nunca se puede recrear al detalle la interacción entre genes y ambiente.
Científicos independientes señalan que ni siquiera conocemos toda la biología del dodo original. El medio ambiente de Mauricio ha cambiado de forma radical, con bosques alterados, especies invasoras y un clima distinto. Un “nuevo dodo” tendría que enfrentarse a un paisaje para el que no evolucionó y en el que podría comportarse de manera muy diferente a lo que imaginamos a partir de crónicas antiguas y restos fósiles.
La duda de fondo es sencilla y complicada a la vez. Aunque nazca un ave robusta, de andar pesado y sin capacidad de vuelo, ¿podremos decir que es realmente un dodo o será otra cosa nueva que hemos diseñado para ocupar un papel parecido en el ecosistema?
Plazos, dinero y dilemas éticos
Tras el último anuncio, la empresa habla de un horizonte de cinco a siete años para ver el primer ejemplar vivo con rasgos de dodo. Ese cálculo se apoya en el salto que ha supuesto dominar las PGC de paloma, pero el propio equipo reconoce que todavía quedan por delante muchas fases de edición genética, cría y pruebas. Otros expertos comparan estos plazos con las promesas sobre la energía de fusión, que siempre parece estar unos años por delante.
El proyecto no se mueve en pequeño formato. Colossal ha cerrado una nueva ronda de financiación de 120 millones de dólares y suma ya más de 550 millones recaudados, con una valoración superior a los 10.000 millones. Todo ese dinero privado se dirige a unos pocos proyectos estrella centrados en especies extintas como el dodo, el mamut lanudo o el lobo terrible.
Aquí es donde muchos conservacionistas levantan la ceja. Un artículo reciente en la revista Biological Conservation sostiene que la desextinción debe verse como una herramienta complementaria y no como una solución mágica para la crisis de biodiversidad. El autor advierte de riesgos claros, entre ellos desviar fondos de la protección de especies vivas en peligro, exagerar lo que la tecnología puede hacer y restar urgencia a la tarea de conservar hábitats reales.
También preocupan el bienestar de los animales que intervienen en el proceso y las consecuencias ecológicas de liberar aves nuevas en ecosistemas ya degradados. En Mauricio, Colossal ha creado un comité asesor con científicos y actores locales para estudiar zonas seguras sin depredadores introducidos, pero incluso así nadie puede garantizar qué pasará cuando estas aves, si llegan a existir, interactúen con bosques fragmentados, especies invasoras y un clima más cálido.
Qué puede aportar al medio ambiente
Con todo, no todo el mundo ve este proyecto solo como espectáculo tecnológico. El propio comunicado de Colossal subraya que las técnicas desarrolladas para el dodo pueden servir para rescatar aves en peligro crítico, como la paloma rosada de Mauricio o el “pequeño dodo” de Samoa, reforzando su diversidad genética, creando líneas celulares resistentes a enfermedades y guardando material biológico en bancos de células como seguro ante futuras pérdidas.
En la práctica, la desextinción se está convirtiendo en un laboratorio donde se prueban herramientas que luego pueden aplicarse a la conservación clásica. La clave, según buena parte de la comunidad científica, es mantener los pies en la tierra. Extinguir una especie sigue siendo definitivo. Ningún laboratorio puede devolver exactamente lo que se perdió, pero sí puede ofrecer nuevas opciones para que no sigamos perdiendo lo que aún queda.
Para el lector que se pregunta qué debe sacar en claro, el mensaje es prudente. No hay dodos en incubadoras ni fechas cerradas para verlos en libertad. Sí hay avances importantes en genética de aves y una discusión abierta sobre si tiene sentido usar esos avances para intentar reparar errores del pasado, o si es mejor centrarlos en proteger a las miles de especies que hoy mismo rozan la desaparición.
El comunicado oficial sobre este avance en la desextinción del dodo se ha publicado en la web de Business Wire.
