El investigador del IGME CSIC, Enrique Peñalver, ha resumido la relevancia de un reciente hallazgo paleontológico con una frase contundente: “este descubrimiento amplía nuestro conocimiento sobre la evolución de las avispas evánidas” y subraya la riqueza paleontológica del ámbar español.
Una pieza más del puzle de los insectos
Las avispas evánidas actuales actúan como parasitoides de cucarachas, donde las larvas se desarrollan en cápsulas que protegen los huevos. Aunque en el estudio no se puede observar la biología de Cretevania orgonomecorum, los autores del estudio indican que comparte rasgos con sus parientes modernos, sugiriendo que probablemente cumplía un papel similar en las cadenas tróficas del Cretácico.
Este trabajo va más allá de simplemente nombrar una nueva especie. Los investigadores también han revisado la clasificación del género Cretevania y han propuesto nuevos caracteres diagnósticos que ayudarán a distinguir entre distintas especies en futuros estudios. Además, señalan que este grupo puede funcionar como “fósil guía” para datar otros depósitos de similar antigüedad, gracias a su amplia distribución y diversidad en el registro fósil.
Por qué este fósil interesa también a quien mira al futuro
A primera vista, puede parecer que una avispa prehistórica tiene poco que ver con los retos ambientales actuales. Sin embargo, reconstruir cómo eran los bosques, los climas y las comunidades de insectos hace más de cien millones de años ayuda a entender cómo cambia la biodiversidad a lo largo del tiempo. Cada inclusión de ámbar es como una instantánea que captura a un animal y una parte del ecosistema en el que vivía.
El hallazgo en El Soplao revela que los ecosistemas son frágiles, pero también complejos. La misma resina que atrapó a Cretevania orgonomecorum preservó otros invertebrados y restos microscópicos que permiten hoy reconstruir redes ecológicas completas. Conocer este pasado es fundamental para valorar mejor nuestros bosques, suelos y la fauna diminuta que aún tenemos, desde polinizadores hasta invertebrados del suelo, que sostienen funciones esenciales para nuestra vida diaria.
Este estudio ha sido posible gracias a la colaboración entre el IGME CSIC, la Universidad de Barcelona, la Academia de Ciencias de China, el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford y la Universidad de Valencia, con financiación del Gobierno de Cantabria, del Ministerio de Ciencia e Innovación y de la Generalitat Valenciana.
Así que, la próxima vez que se hable del ámbar de El Soplao, puede que no pensemos solamente en una cueva espectacular, sino también en una pequeña avispa que, desde el Cretácico, continúa enviando mensajes sobre la historia de la vida en la Tierra.
La nota de prensa oficial ha sido publicada en el Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC).
