Jose Oliva | Barcelona (EFE).- El historiador Fernando Calvo, que acaba de publicar el ensayo ‘Las huellas de la Guerra Civil’, considera urgente que España «cuente» los muertos, ya que a día de hoy «aún no se sabe con certeza el número exacto de víctimas que ocasionó la contienda» y remarca que «todos los muertos son nuestros».
‘Las huellas de la Guerra Civil’ (Arzalia) completa una trilogía que inició con ‘La Guerra Civil. Una historia total’ y continuó con ‘Guerra Civil. Los libros que nos la contaron’. En esta obra, el autor reflexiona sobre «qué queremos hacer con el recuerdo de la tragedia».
En una entrevista con EFE, Calvo opina que el proceso de recuperación de la memoria pasa «en primer lugar por contar los muertos; en segundo lugar, por nombrar a esos muertos, porque cada nombre cuenta y merece ser rescatado; una persona sólo se desvanece cuando su nombre cae en el olvido».
Por último, subraya Calvo, «habría que recordar a todos ellos conjuntamente: si la tragedia los dividió, la muerte los unió para siempre, y sus descendientes no tenemos derecho a segregarlos de nuevo».
Memoria histórica como «empresa común»
El historiador insta a que este proceso se lleve a cabo «colectivamente», con el objetivo de que la memoria histórica sea «una empresa común ilusionante que supere cualquier división o enfrentamiento partidista».
Calvo también critica el panorama educativo español respecto a la Guerra Civil, que califica de «ciertamente caótico». Esto se debe a que cada comunidad autónoma puede decidir cómo impartir la materia, cada editorial puede seguir sus propios criterios para los manuales de estudio, y, lo que es peor, cada maestro los suyos. La consecuencia, denuncia, es que «en las aulas circulan infinidad de versiones sobre la enseñanza de las causas, desarrollo y consecuencias del conflicto, lo que provoca que se deslicen más juicios de valor que elementos objetivos».
En cuanto a la identificación y dignificación de las víctimas de ambos bandos, Calvo considera que «una sociedad no puede sonreír al futuro teniendo sus muertos escondidos, y nunca vas a tener paz con un muerto escondido». Además, añade: «Los muertos son patrimonio de todos, por lo que a todos nos compete el esfuerzo de recuperarlos».
Ley de Memoria Democrática
La vigente Ley de Memoria Democrática tiene, según Calvo, una «suprema virtud»: dotar de un marco jurídico adecuado y moderno al proceso de exhumación de cadáveres hallados en fosas y cunetas. Sin embargo, esta ley posee «un pecado original: haber sido aprobada por mayoría simple».
A su juicio, «es un error que cierta parte de la derecha se considere heredera del bando vencedor o que cierta parte de la izquierda quiera engarzar su trayectoria actual con la de los partidos de los años 30, revolucionarios antes que progresistas».
Sin perjuicio de las propuestas contenidas en la Ley de Memoria Democrática o en otras que se asocian al recuerdo de la Guerra Civil, el autor sostiene que un proceso tan simbólico como la memoria colectiva debe basarse en tres pilares generalmente consensuados: «contar los muertos y nombrarlos, pero también recordarlos».
Para facilitar este recuerdo, Calvo propone encontrar un símbolo de unión para la remembranza de todos los muertos. Sugiere uno «al estilo de la amapola del recuerdo en los países anglosajones», que podría ser una rama de olivo, un zarcillo de vid o una paloma de la paz picassiana. Este símbolo debería lucirse en una fecha en la que, cotejando los partes de guerra, no hubiera habido muertos en los frentes o en la retaguardia.
Complementariamente, sugiere erigir un memorial unificador en alguna localidad que no haya tenido víctimas de ninguno de los dos bandos.
Belchite, Guernica o Paracuellos como lugares de recuerdo
Siguiendo el ejemplo de los caminos del recuerdo de Francia, Calvo opina que en España no sería difícil establecer un lugar de memoria. Menciona las ruinas de Belchite, que ilustran la dureza de las batallas y el fanatismo de ambos bandos; Guernica, que simboliza la barbarie de los bombardeos contra poblaciones civiles; o las enormes fosas comunes de Paracuellos, símbolo del espanto del terror organizado.
Según Calvo, mientras haya víctimas enterradas en la última fosa o cuneta de España «el país arrastrará una mala conciencia colectiva y un trauma social». Entre el olvido y la sobreabundancia de memoria, sostiene que los enterramientos son la llave para «dejar de torturarnos» a cuenta de la Guerra Civil.
De todos los libros sobre la contienda publicados, Calvo destaca «uno de los más breves pero más clarividentes»: ‘La Guerra Civil, ¿cómo pudo ocurrir?’, de Julián Marías, quien acuñó el término que debe asignarse a los beligerantes del periodo 1936-1939: «Los justamente vencidos, los injustamente vencedores».
