La idea tiene algo de distopía zoológica y, a la vez, de espejo incómodo. Si la especie humana desapareciera, la mayoría de las más de 400 razas caninas reconocidas dejarían de existir como tales y, con el tiempo, los perros tenderían a parecerse entre sí. Esta es la tesis que difunden algunos divulgadores a partir de declaraciones atribuidas al veterinario y epidemiólogo Dan O’Neill, investigador del Royal Veterinary College (RVC) británico.
La diversificación morfológica de los perros
El argumento es sencillo. Buena parte de la diversidad morfológica actual del perro es un producto reciente de la selección artificial intensiva. Sin la «mano» humana que decide qué se cruza con qué, el filtro pasaría a ser la supervivencia. En ese escenario, rasgos extremos que hoy se sostienen gracias a cuidados, alimento asegurado y medicina veterinaria perderían ventaja. Los ejemplos más citados son los de los animales braquicéfalos (de hocico corto) y otras conformaciones seleccionadas por estética, asociadas a problemas respiratorios, oculares y de parto en determinadas razas.
Dudas sobre la convergencia canina
Ahora bien, el salto del planteamiento general a la cifra concreta de “cinco años” es donde empiezan las dudas. En perros de cría registrada, los intervalos generacionales medios se mueven aproximadamente entre tres y cinco años (con variaciones por raza y prácticas de cría), lo que significa que un lustro apenas cubre una o dos generaciones completas en muchos casos. La convergencia global hacia un “perro tipo” en ese plazo resulta, como mínimo, discutible. Sí parece más verosímil que, en muy poco tiempo, ciertas razas extremadamente dependientes del entorno humano sufran un desplome demográfico y queden absorbidas por cruces o directamente desaparezcan en muchos lugares, algo distinto a que todos los perros del planeta “se vuelvan iguales”.
La realidad de la población canina mundial
Lo que sí está bien documentado es que la inmensa mayoría de perros del mundo no vive como mascota de hogar, sino como perros de aldea o de vida libre que se reproducen sin control directo, conviven en mayor o menor medida con asentamientos humanos y están sometidos a presiones naturales y sexuales. En esas poblaciones aparece con frecuencia un patrón morfológico recurrente (tamaño medio, orejas erguidas, hocico funcional, pelaje no extremo), una especie de compromiso evolutivo que maximiza resistencia, termorregulación y eficiencia energética en contextos de recursos inciertos. Eso no implica uniformidad total; implica que, cuando desaparece la selección artificial por apariencia, tienden a perder peso los extremos y a ganar presencia los fenotipos “de trabajo” para sobrevivir.
