Publicado el: 24 de diciembre de 2025 a las 13:35
La lava recién solidificada parece un paisaje sin concesiones (negra, porosa, sin suelo y casi sin nutrientes). Sin embargo, en ese «cero biológico» la vida microscópica encuentra una rendija. Un equipo de la Universidad de Arizona ha seguido en Islandia, casi en tiempo real, cómo bacterias y otros microorganismos se establecen sobre coladas volcánicas que llevaban solo horas frías. Sus resultados, publicados en diciembre de 2025 en *Communications Biology*, proponen un patrón predecible de colonización que puede servir como guía para interpretar terrenos volcánicos antiguos en Marte.
El estudio se apoya en una oportunidad rara en ecología: la naturaleza repitió el experimento tres veces en el mismo sistema. El volcán Fagradalsfjall, en la península de Reykjanes, entró en erupción entre marzo y septiembre de 2021, volvió a activarse en agosto de 2022 (Meradalir) y repitió en julio y agosto de 2023 (Litli Hrútur). Esto permitió comparar el "arranque" de comunidades microbianas en tres coladas distintas bajo condiciones similares, una especie de triplicado natural.
Hallazgos del estudio
El primer hallazgo es casi de calendario. Los autores resumen el proceso en dos etapas: una instalación rápida y variable, seguida de una estabilización tras el primer invierno. La lava es estéril al emerger por sus temperaturas eruptivas, en basaltos del orden de 1.150 grados centígrados, pero tras solidificarse empieza a recibir un goteo constante de vida desde el entorno.
Para medir ese "rebrote" invisible, el equipo combinó recuentos celulares y secuenciación genética. Los datos de microscopía apuntan a un crecimiento sostenido de la abundancia microbiana con la edad de la roca, con una pendiente media de 182 células por gramo de lava y por día durante dos años, y máximos del orden de 220.000 células por gramo en las muestras más antiguas analizadas. En el otro extremo, las coladas jóvenes se movían en torno a unos pocos miles de células por gramo.
El segundo hallazgo está en el origen de esos colonizadores. En los primeros compases, las firmas microbianas se explican sobre todo por una mezcla de partículas del suelo arrastradas por el viento y bioaerosoles (microorganismos suspendidos en el aire). Sin embargo, el sistema cambia bruscamente tras el primer invierno. A partir de entonces, la lluvia pasa a dominar como fuente de nuevos microbios y puede aportar hasta el 98% de los organismos inferidos como recién llegados, con un resultado que se repite en las tres erupciones estudiadas.
Implicaciones de los hallazgos
Ese giro estacional importa porque no es solo una curiosidad local. La lluvia no es "agua limpia" en términos biológicos (transporta vida atmosférica y, a la vez, la deposita donde cae). En una lava que retiene mal la humedad, cada episodio de agua puede convertirse en una ventana breve pero decisiva para que algunos linajes prosperen, otros desaparezcan y el conjunto empiece a parecerse más a un ecosistema estable. En el texto de divulgación de la propia universidad, la coautora Solange Duhamel subraya que estas coladas están entre los entornos de menor biomasa del planeta, comparables a la Antártida o al desierto de Atacama, y aun así se colonizan con rapidez.
La lectura "marciana" del trabajo se apoya en una idea prudente y no sugiere vida en Marte, sino que afina el mapa mental sobre dónde mirar y qué tipo de señales esperar si alguna vez existieron comunidades microbianas en rocas volcánicas del planeta rojo. La superficie marciana es en gran parte basáltica y, aunque el vulcanismo esté hoy muy apagado, en el pasado pudo aportar calor y gases volátiles, e incluso favorecer el deshielo subterráneo durante episodios transitorios. En ese tipo de escenarios, las huellas no serían necesariamente fósiles visibles, sino patrones químicos y biológicos asociados a colonizaciones rápidas, a cambios estacionales y a fuentes de deposición como polvo y precipitación.
En términos científicos, el valor del estudio está en convertir un paisaje extremo en una cronología. Si se sabe que el “primer asentamiento” llega por el aire y el suelo, y que el invierno reorganiza la comunidad hasta hacer que la lluvia domine, se pueden formular hipótesis más concretas sobre biofirmas (dónde se concentran, cómo se mezclan, qué parte del registro se pierde y qué parte podría preservarse en minerales y microfracturas). Y, sobre todo, se gana una regla básica para no confundir ruido con señal cuando se analizan terrenos que, en apariencia, no deberían albergar nada.
Adrián Villellas
Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medio ambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.
