El periquito de Kramer (también llamado de collar) es originario de zonas de África y del sur de Asia. En el Reino Unido se ha asentado con fuerza, especialmente en el sureste de Inglaterra, y se ha hecho muy visible por su color y su vocalización. El portal oficial de la Secretaría de Especies No Nativas, la NNSS, advierte de que puede causar daños y destaca impactos asociados cuando vive fuera de su área de origen.
El problema práctico es sencillo de entender. Muchas aves nativas dependen de huecos en árboles para criar. El periquito también. Si hay pocos huecos, hay competencia. Y eso se nota.
Aquí entra el halcón peregrino. Cuando el periquito se mueve en bandos previsibles entre dormideros y zonas de alimentación, se convierte en un objetivo más dentro de la red trófica urbana. La clave es que esta “presión” no es una estrategia de control diseñada por humanos; es el resultado de que el depredador se ha asentado y hace lo que siempre hizo: cazar para sobrevivir.
Un estudio que analizó dietas de halcones urbanos usando cámaras en nidos en 31 ubicaciones de 27 ciudades británicas detectó cambios claros en la composición de presas, con un caso muy comentado en Londres durante los confinamientos. Allí, la proporción de palomas bajó y fue reemplazada en parte por otras especies, incluidos los periquitos. Lo reportó la Bristol al resumir los resultados.
La lectura es más amplia. Las especies invasoras no quedan “aparte”. Se integran, compiten, se adaptan y, a veces, acaban siendo presa. Pero eso no significa que el halcón sea una solución automática ni que el periquito vaya a desaparecer. La ciudad, en realidad, está enseñando cómo se reorganiza la convivencia cuando cambian las piezas.
El estudio principal se ha publicado en la revista People and Nature (British Ecological Society) y puede consultarse en Shifts in prey composition suggest urban peregrine diets are responding to changes in human activity levels.
