Recientemente, una expedición ha comunicado que trabaja con una horquilla de longitud de entre 16 y 20 metros y un peso tentativo que oscila entre 40 y 70 toneladas. Según el comunicado, estas cifras son conservadoras. Los científicos reconocen que la estimación depende del desplazamiento de agua inferido y de la respuesta de los sensores, un método útil para acotar tamaños pero insuficiente para determinar la identidad taxonómica. En la tabla comparativa facilitada por el equipo se detectan, además, inconsistencias en algunas unidades, lo que aconseja prudencia hasta contar con un informe técnico completo.
Para contextualizar, los cachalotes, el mayor cetáceo odontoceto, alcanzan longitudes en torno a 14 o 16 metros en machos adultos, según fichas divulgativas de referencia, con variaciones por edad y región. En ese umbral, la horquilla comunicada por la expedición situaría al animal observado en el rango superior de grandes depredadores conocidos, aunque sin rebasarlo de forma inequívoca.
El papel del ADN ambiental
Un elemento clave para avanzar en la identificación es el análisis de ADN ambiental, que consiste en el material genético que los organismos liberan al agua a través de la piel, mucosas, heces o células desprendidas. El equipo asegura que sus minidrones ya han recogido muestras y que los primeros marcadores apuntan a peces cartilaginosos, aunque también se han detectado secuencias que no encajan de forma clara en catálogos de referencia. Este resultado es compatible tanto con la contaminación de la muestra como con mezclas de ADN de varias especies o con lagunas en las bases de datos.
La literatura científica y los organismos públicos que utilizan esta metodología advierten de sus limitaciones. El ADN ambiental sirve para detectar presencia y ampliar inventarios de biodiversidad, pero no siempre permite inferir el tamaño, la abundancia o la ubicación exacta en el momento de la muestra, dado que las corrientes pueden desplazar el material genético.
Un hallazgo con implicaciones ecológicas
Si la detección acabara confirmando la presencia estable de un gran depredador en la zona, la consecuencia más relevante no sería el efecto «récord», sino lo que implicaría sobre la red trófica local. Un animal de ese tamaño exige flujos de energía relativamente constantes, lo que puede señalar corredores de migración, concentraciones de presas o montes submarinos con alta productividad. El oceanógrafo M. Berger, citado en el comunicado, lo resume así: «Un animal de este tamaño no es una casualidad, sino el resultado de flujos de energía estables».
La expedición sostiene que trabaja con métodos pasivos para minimizar el impacto acústico y evitar la persecución directa del posible animal, una práctica alineada con recomendaciones habituales en investigación de grandes vertebrados marinos. El siguiente paso, según el equipo, consiste en desplegar más hidrófonos y reforzar la captura de imágenes multiespectrales en puntos donde convergen corrientes y se agrupan bancos de peces.
Por ahora, el caso permanece en una fase preliminar. La señal es consistente, pero la prueba concluyente depende de que el análisis genético identifique una especie de manera robusta y de que se obtenga documentación visual que descarte interpretaciones alternativas. En la práctica, el propio relato de los investigadores lleva a una conclusión sobria: la tecnología ha detectado un fenómeno repetido, pero aún no ha nombrado al animal.
