La idea de que determinados organismos pueden «comer radiación» parece extraída de una película de ciencia ficción, pero detrás de esta aseveración existe un interesante campo de investigación científica. En 2007, investigadores liderados por Ekaterina Dadachova demostraron que hongos melanizados, como Cladosporium sphaerospermum, crecen más rápido y tienen una mayor actividad metabólica cuando están expuestos a radiaciones que son aproximadamente 500 veces más altas que el nivel de fondo natural, siempre que los nutrientes sean limitados.
El estudio concluyó que la radiación altera las propiedades electrónicas de la melanina, el pigmento que da color a ciertos hongos, beneficiando a aquellos que lo contienen en comparación con los que carecen de este. De forma simplificada, la melanina podría actuar como una especie de antena que capta parte de la energía de los rayos gamma, dirigiéndola hacia reacciones químicas internas.
Aun así, los científicos son cautelosos al hablar de «radiosíntesis» como un posible equivalente de la fotosíntesis. Aún falta mucho por investigar para aclarar qué moléculas están involucradas, qué productos se generan exactamente y cuánta energía se puede obtener de la radiación en comparación con la proveniente de nutrientes normales.
Del reactor a la Estación Espacial Internacional
La historia se torna aún más fascinante cuando este hongo sale de la Tierra. En 2018, C. sphaerospermum fue colocado en placas dentro de la Estación Espacial Internacional (EEI) para analizar su comportamiento bajo radiación cósmica. Después de 30 días, los sensores situados bajo una fina capa de hongo, que medía aproximadamente 1,7 milímetros, registraron una reducción de la radiación de más del 2% en comparación con una zona de control sin hongo.
Si bien este porcentaje puede parecer pequeño, resulta significativo. Los modelos indican que capas más gruesas de este hongo podrían atenuar una parte relevante de la radiación en la superficie de Marte. Además, una mezcla de regolito marciano, melanina y biomasa fúngica podría ser utilizada para crear materiales de construcción que se «autorreparan» con el tiempo, reduciendo así la necesidad de transportar plomo y hormigón desde la Tierra, permitiendo en su lugar el uso de biología en la construcción.
Para aquellos que contemplan viajes prolongados al espacio, donde la radiación se traduce en un aumento del riesgo de cáncer, cataratas y otros daños, contar con una capa viva y ligera que ayude a mitigar la exposición es un aspecto a valorar enormemente.
¿Puede ayudar también aquí en la Tierra?
En el ámbito ambiental, los hongos radiotróficos están siendo estudiados como posibles aliados en la gestión de residuos nucleares. Investigaciones recientes apuntan a que estos organismos son capaces de absorber y fijar radioisótopos en sus paredes celulares y en la materia orgánica que descomponen. Teóricamente, esto podría permitir la remoción de parte de esa contaminación del suelo y de otras superficies, siempre bajo un manejo seguro de la biomasa fúngica resultante.
Sin embargo, no se trata de una solución mágica que pueda borrar la historia de Chernobyl o de otras zonas afectadas por la radiación. La literatura científica advierte que este es un campo aún emergente, con muchas pruebas conceptuales pero pocos proyectos implementados a gran escala. No obstante, se abre una posibilidad distinta a las clásicas combinaciones de hormigón, plomo y almacenamiento geológico que han predominado hasta ahora.
Además, esta situación recuerda un aspecto incómodo de la energía nuclear: si bien su operación emite muy poco CO2, deja un legado de residuos activos que perduran durante décadas, o incluso siglos. Si es cierto que necesitamos hongos extremófilos para ayudar en la gestión de esta herencia, está claro que el costo ambiental de la radiactividad no es tan simple de calcular.
Naturaleza, tecnología y un futuro con menos plomo
La historia de Cladosporium sphaerospermum es en esencia un reflejo de cómo la vida encuentra maneras de prosperar en los ambientes más adversos, incluso en aquellos que los humanos consideramos inhabitables. En el contexto de la ciencia climática y espacial, este pequeño hongo negro potencialmente abre la puerta a materiales más ligeros y sustentables, tanto para proteger satélites y estaciones espaciales como para reducir la huella ecológica de los escudos tradicionales. Adicionalmente, ofrece indicios sobre cómo un ecosistema puede recuperarse luego de un accidente nuclear.
La clave ahora consiste en no dejarse llevar únicamente por el entusiasmo, y avanzar con datos y evidencias, algo en lo que la comunidad científica ya se encuentra trabajando. El estudio original que describe cómo la radiación beneficia el crecimiento de estos hongos melanizados fue publicado en la revista PLOS ONE.
