En pleno desierto de Taklimakán, al noroeste de China, el país ha culminado la perforación de su pozo vertical más profundo y el más hondo de Asia. El proyecto, conocido como Shenditake 1, ha alcanzado los 10.910 metros tras más de 580 días de trabajo, según la agencia estatal Xinhua y la petrolera CNPC.
La cifra impresiona por sí sola, pero lo importante es lo que significa. Este tipo de perforaciones no solo buscan petróleo y gas. También se presentan como una “ventana” a la corteza terrestre, un laboratorio real para medir temperatura, presión y propiedades de las rocas, donde los modelos solo podían hacer estimaciones.
Qué se está buscando a casi once kilómetros de profundidad
La operación comenzó el 30 de mayo de 2023 en la cuenca del Tarim, una región con grandes reservas profundas, pero también con condiciones extremas en superficie y un subsuelo muy complejo.
En marzo de 2024, el pozo superó los 10.000 metros, un umbral que marca el salto a un terreno donde “cada metro” multiplica la dificultad. A esa profundidad, se superan los 200 °C y las presiones pasan de 130 MPa. En el tramo final, Xinhua sitúa temperaturas por encima de 210 °C y presiones de más de 145 MPa.
Sun Jinsheng, académico de la Academia China de Ingeniería, resumió la complejidad del proyecto de perforación con una imagen fácil de entender: “La dificultar de construcción del proyecto se puede comparar con la de un gran camión que circula sobre dos delgados cables de acero”.
Por qué esto importa al medio ambiente y a la transición energética
Aquí aparece la parte incómoda. Shenditake 1 está ligado a la exploración de hidrocarburos en capas ultraprofundas, algo que puede alimentar nuevas extracciones y, con ellas, más emisiones de CO2 si ese combustible termina quemándose.
Sin embargo, el conocimiento del subsuelo profundo también es una herramienta para políticas climáticas más serias. Medir mejor el calor, los fluidos y las tensiones de la corteza ayuda a afinar mapas de riesgo sísmico y puede orientar proyectos geotérmicos y de almacenamiento de CO2, que dependen de saber con precisión qué rocas sellan, cuáles filtran y cómo cambian bajo presión.
Conviene no perder de vista la escala. Aunque parezca “tocar el centro”, la corteza continental tiene un grosor medio de unos 30 km y puede llegar a 100 km bajo grandes cordilleras, según el USGS. Este pozo se queda dentro de la corteza.
Lo que hay que vigilar a partir de ahora
Perforar tan hondo no es solo un reto técnico. También exige transparencia ambiental. Los puntos críticos suelen ser los mismos en cualquier mega pozo: gestión de lodos y fluidos, control de fugas de metano, protección de acuíferos y trazabilidad de los residuos industriales que deja la obra.
La tecnología puede abrir puertas a una geociencia más precisa. La pregunta climática es otra. Si estos récords se convierten en un atajo para extraer más fósiles, el beneficio global se diluye. Si se utilizan para entender mejor el subsuelo y reducir riesgos, pueden ser una pieza útil de la transición. En el fondo, el agujero ya está hecho. Ahora toca decidir para qué se utiliza.
